SEÑORAS y SEÑORES:
Me propongo hablaros esta noche del Crimen
de la Miseria. No puedo esperar convenceros de mucho en poco tiempo, pero
os demostraré que la miseria es un crimen. No digo que sea un crimen
el ser pobre. Asesinar es un crimen, pero no es un crimen ser asesinado,
y al hombre que está en la miseria no lo considero tanto como un criminal,
cuanto como víctima del crimen de que otros, acaso lo mismo que
él, son responsables. Que la miseria es un mal, el más acerbo
de los males, todos lo sabemos. Carlyle tenia razón al decir que
el infierno que más espanta a los ingleses es el infierno de la miseria,
y esto es verdad no sólo de los ingleses, sino de los pobladores
de todo el mundo civilizado, sea cual fuere su nacionalidad. Por escapar
a este infierno forcejeamos, disputamos y luchamos, y con frecuencia,
por una ciega costumbre, trabajamos mucho tiempo después que la necesidad
de trabajar ha desaparecido.
El mal derivado de la miseria
no se limita a los pobres únicamente; circula al través de
todas las clases, aun de las muy ricas. Estas padecen también; deben
padecer, porque no puede haber en una sociedad padecimiento del cual pueda
escaparse totalmente clase alguna. El vicio, el crimen, la ignorancia,
la abyección, nacen de la miseria, veneno por decirlo así
del aire mismo que ricos y pobres juntamente respiran.
Paseando esta mañana por una de vuestras
calles vi tres hombres que caminaban con las manos esposadas. Tuve por
cierto que aquellos hombres no eran ricos; y aunque ignoraba el delito
por que eran conducidos presos al través de vuestras calles, creo
que puedo decir con seguridad que, si investigáis, encontraréis
que, por uno U otro camino, proviene de la miseria. Nueve décimas
de la humana desgracia, lo encontraréis si lo buscáis.
son debidas a la miseria. Si un hombre prefiere la miseria, no comete un
crimen siendo pobre. mientras su pobreza no daña a nadie más
que a él. Si otros dependen de él; si tiene mujer e hijos a
quienes debe sustentar, y elige voluntariamente la pobreza, comete un crimen–y
creo que en la mayoría de los casos los hombres que no tienen que
mantenerse sino a sí propios, son hombres que eluden sus deberes.–Para
cada hombre viene al mundo una mujer; y por cada hombre que vive solitariamente,
cuidándose tan sólo de sí propio. hay alguna mujer
que está privada de su natural sustentador. Pero mientras un hombre
que elige la pobreza no puede ser acusado de crimen, ciertamente es un crimen
forzar a la pobreza a otros. Y me parece claro que la gran mayoría
de aquellos que padecen miseria son pobres no por su faltas particulares
sino a causa de las condiciones impuestas por la sociedad en su conjunto.
Por consiguiente, sostengo que la miseria es un crimen; no un crimen individual,
sino un crimen social; un crimen del que todos. pobres y ricos, son responsables.
Hace dos o tres semanas, fui un domingo por
la tarde a la iglesia de un famoso predicador de Brooklyn. Mr. Sankey estaba
predicando y algo como un ambiente de restauración flotaba allí.
El sacerdote contó algunas anécdotas relacionadas con esa
renovación y expuso alguna de las razones por las que los hombres
dejan de hacerse cristianos. Uno de los casos por él mencionados me
impresionó. Dijo que había observado en las vecindades de
la reunión, noche Iras noche, a un hombre que escuchaba atentamente
y que gradualmente se aproximaba. Una nochedijo el sacerdoteme acerqué
a él y le dije: «Hermano, ¿no estáis dispuesto
a ser cristiano? El hombre dijo que no. No lo dijo en tono insolente, sino
con acento apenado. El sacerdote le preguntó si era porque no creía
en las verdades que estaba escuchando. «Sí, creo en todas. «¿Por
qué, pues, no quiere hacerse cristiano? «Porque, dijo, no puedo
ingresar en la Iglesia sin abandonar mis negocios, y éstos me son
necesarios para mantener a mi mujer y mis hijos. Si los abandono no sé
cómo podré andar por el mundo. He pasado muy malos tiempos
antes de emprender mis negocios actuales y no puedo salir adelante si los
abandono. Sin embargo, no puedo hacerme cristiano sin prescindir de ellos».
El sacerdote le preguntó: «¿Es usted tabernero? No,
no era tabernero. Pues, dijo el sacerdote, no comprendo lo que pueda ser
este hombre en el mundo; le parecía que sólo un tabernero
podía ser hombre a quien sus negocios le impidieran hacerse cristiano;
y finalmente, le dijo: «¿Cuál es vuestro negocio? El
hombre, le dijo: «Vendo jabón». «¡Jabón!»,
exclamó el sacerdote, «¿vende usted jabón?
¿Y por qué le impide esto ser cristiano?» «Pues,
dijo el hombre, por esto: el jabón que yo vendo es uno de esos jabones
patentados de los que se ha anunciado profusamente que sirven para quitar
las manchas del paño rápidamente sin contener substancia
alguna dañosa. Cada pastilla de jabón que yo vendo va envuelta
en un papel en el que se dice que no contiene materias químicas
perjudiciales, cuando la verdad es que las tiene y que, aunque quita las
manchas del paño rápidamente si se quiere, en poco tiempo
lo estropea por completo. Tengo que ganarme la vida de esta manera; y siento
que no puedo ser cristiano si vendo este jabón». El sacerdote
siguió relatando cómo había trabajado infructuosamente
cerca de este hombre. y terminó diciendo: «Él se aferró
a su jabón y perdió su alma.»
Pero si este hombre perdió su alma
¿de quién es la culpa? ¿De quién es la culpa
de que las condiciones sociales sean tales que estos hombres se encuentren
ante el terrible dilema de elegir entre lo que su conciencia les dice que
es justo y la necesidad de ganarse la vida? Sostengo que es culpa de la
sociedad; que es culpa de todos nosotros. La peste es un mal. El hombre
que trajera el cólera a esta comarca. el hombre que pudiendo evitar
que viniese no hiciera esfuerzo alguno para impedirlo. sería culpable
de un crimen. La miseria es peor que el cólera; la miseria
mata más gente que una epidemia; aun en los tiempos mejores, mirad
las estadísticas de mortalidad de nuestras ciudades; ved quienes
mueren más rápidamente; ved dónde mueren los niños
como moscas: en los barrios más pobres. Y el hombre que mira con
ojos indiferentes estos estragos de la epidemia; el hombre que no se consagra
a combatirla y extirparla es. digo, culpable del crimen.
Si la miseria es decretada por el Poder que
está encima de todos nosotros, entonces no es un crimen; pero si
la pobreza no es fatal, entonces es un crimen del que la sociedad es responsable
y por el que la sociedad debe padecer.
Sostengo y creo que nadie que mire a los hechos
puede dejar de ver que la miseria es totalmente innecesaria. No es por
un decreto del Todopoderoso, sino por nuestra injusticia. egoísmo
e ignorancia, por lo que este azote, peor que una epidemia. devasta nuestra
civilización, acarreando hambre y padecimientos y degradación,
destruyendo lo mismo las almas que los cuerpos. Contemplad el mundo en
este día jubiloso de la civilización del siglo XIX. En todo
país civilizado bajo el sol encontraréis hombres y mujeres
cuya condición es peor que la del salvaje; hombres, mujeres y pequeñuelos
con quienes el salvaje mismo no querría cambiarse. Aun en esta nueva
ciudad nuestra. con un suelo virgen en torno. habéis tenido que
fundar este invierno una sociedad de socorros. Vuestros caminos se han
llenado de vagabundos; cincuenta, he oído decir que buscaron a la
vez asilo aquí en la cárcel. Como aquí, en todas partes,
y la miseria es más honda donde la riqueza es más abundante.
¿Qué cosa más antinatural
que ésta? Nada hay en la Naturaleza semejante a esta miseria que
hoy nos aflige. Vemos en la Naturaleza la rapiña; vemos unas especies
destruyendo a otras; pero por regla general los animales no se comen a los
de su propia especie; y donde quiera que vemos a una especie disfrutando
abundancia, todos los individuos de esa especie participan de ella. Ningún
hombre, creo, ha visto una manada de búfalos de los cuales unos pocos
estuvieran gordos y la gran mayoría escuálidos. Ningún
hombre ha visto jamás una bandada de pájaros. de los cuales
dos o tres rezumaran grasa y los otros estuvieran en la piel y los huesos.
Ni en la vida salvaje hay nada semejante a esta miseria que gangrena nuestra
civilización.
En un primitivo estado de la sociedad hay
épocas de hambre, períodos en los que el pueblo fenece;
pero estos son períodos en que la tierra ha rehusado dar su cosecha,
en que la lluvia no ha caído del cielo o en que la tierra ha sido
asolada por cualquier enemigo, no cuando hay abundancia. y la singular
característica de esta moderna miseria nuestra es que es más
intensa donde la riqueza es más abundante.
Porque hoy, cuando sobre el mundo civilizado
hay tanta calamidad, tanta necesidad, ¿cuál es el grito que
se alza? ¿Cuál es la explicación corriente de los malos
tiempos? ¡Sobreproducción! Hay tantos trajes que los hombres
tienen que ir harapientos; tanto carbón que, en los inviernos crudos,
la gente tiene que tiritar; los graneros se desbordan de tal modo que el
pueblo actualmente perece de inanición. ¡La escasez debida
a la superproducción! ¿Se ha dicho jamás absurdo más
grande? ¿Cómo puede haber superproducción hasta que
todos tengan bastante? No es sobreproducción, es injusta distribución.
¡La miseria necesaria! ¡Cómo!
Pensad en los poderes enormes latentes en el humano cerebro. Pensad cómo
105 inventos nos permiten hacer con la fuerza de un hombre lo que no hace
mucho tiempo no podía hacerse con la fuerza de miles. Pensad que
en Inglaterra únicamente la maquinaria de vapor en trabajo desarrolla,
según se dice, una fuerza productiva mayor que la fuerza física
de la población de todo el mundo, aunque todos fueran adultos.
Y, sin embargo, sólo estamos comenzando a inventar y descubrir.
No hemos utilizado todavía todo lo que ya ha sido inventado y descubierto.
Y mirad los poderes de la tierra. Apenas han sido tocados. En cualquier
dirección que miremos, nuevos recursos parecen ofrecerse. La aptitud
del hombre para producir riqueza parece casi infinita, no vemos su límite.
Mirad la fuerza que está fluyendo por vuestra ciudad con la corriente
del Missisipi, que pudiera trabajar para vosotros. Así, en toda dirección,
la energía que pudiéramos aprovechar se despilfarra; los
recursos que pudiéramos obtener permanecen intactos. Y 1 sin
embargo, los hombres se afanan y luchan para satisfacer meramente sus necesidades
animales; las mujeres están trabajando, trabajando, trabajando hasta
agotar sus vidas, y con bastante frecuencia caen en la desesperación
por esta ruda lucha hasta perder todo lo que constituye el encanto femenino.
Si los animales razonaran, ¿qué
deberían pensar de nosotros? Mirad uno de esos grandes vapores surcando
el Atlántico contra el viento, contra las olas, absolutamente dispuesto
a desafiar el supremo poder de los elementos. Si las gaviotas que se refugian
sobre él fueran seres racionales ¿imaginarían que
el animal capaz de una construcción como aquélla podría
padecer actualmente necesidad por falta de alimento? Sin embargo, así
es. ¿Cuántos, aun de aquellos de nosotros que encuentran la
vida muy fácil, son los que realmente viven una vida racional? Pensad
en ello–los que creéis que sólo hay una vida para el hombre–,
¿no será un loco, por lo menos, el hombre para pasar su vida
en esta lucha meramente por vivir? Y los que creéis, como yo creo,
que éste no es el fin del hombre, que esta es una vida que precede
a otra vida, pensad cuántas nueve décimas ¡ay! no sé
si noventa y nueve milésimas, de nuestros poderes vitales se despilfarran
en el mero esfuerzo para ganarse la vida o en reunir lo que no podemos
en manera alguna llevarnos. Tomad la vida del término medio de los
trabajadores. ¿Es ésta la vida para la que el cerebro humano
fue destinado y el corazón humano fue hecho? Mirad las fábricas
desparramadas por nuestro territorio. Son poco mejores que presidios.
He leído en los periódicos de
Nueva York, hace algún tiempo, que las muchachas de la fábrica
de Yonkers se habían sublevado. Los periódicos decían
que ignoraban por qué las muchachas se habían sublevado
e insinuaban que debía ser solamente por el gusto de sublevarse.
Después vino lo que las muchachas decían y se vió
que se habían sublevado contra las reglas en vigor. Eran multadas
si hablaba una con otra y multadas aún más pesadamente si
se reían. Tenían una fuerte multa por un minuto de retraso.
Visité en Filadelfia a una señora que había sido inspectora
en varias fábricas y le pregunté: «¿Es posible
que se apliquen tales reglas?» Me dijo que así ocurría
en Filadelfia. Hay una multa por hablar con el vecino. una multa por reír;
y me dijo que las muchachas en uno de los sitios donde estuvo empleada
eran multadas con diez centavos por cada minuto de retraso, aunque muchas
de ellas tenían que andar O1illas con las borrascas del invierno.
Me dijo que una pobre muchacha trabajó realmente mucho una semana
y ganó tres dollars y medio; pero las multas fueron cinco dollars
y 25 centavos. Esto parece ridículo: es ridículo, pero es
triste y vergonzoso.
Pero considerad el caso, aun de aquellos que
están comparativamente independientes y bien. He aquí un hombre
que trabaja hora tras hora, día tras día. semana tras semana,
haciendo una cosa una y otra vez. Y ¿para qué? Sólo
para vivir. Trabaja diez horas al día para dormir ocho y tener dos
o tres para sí propio cuando está reventado y todas sus facultades
exhaustas. Esta no es una vida racional; esta no es una vida para un ser
que posee las facultades del hombre, y yo creo que todo hombre tiene que sentirlo
en sí mismo. Recuerdo que cuando fuí por primera vez a mi trabajo
comprendí que era increíble que un hombre hubiese sido creado
para trabajar durante todo el día sólo por vivir. Acostumbraba
a leer el Scientific American, y como en él se anunciaba invento tras
invento, solía pensar que cuando llegase a ser un hombre no sería
necesario trabajar tan rudamente; pero, por lo contrario, la lucha por la
existencia ha venido a ser más y más intensa. Quienes pretenden
probar lo contrario presentan copiosas estadísticas para demostrar
que la condición de las clases trabajadoras va mejorando. Mejora que
tenéis que descubrir al través del microscopio estadístico
no vale nada. Pero no hay mejora.
¡Mejora! Pues conforme a la última
publicación de la Oficina de estadística del trabajo
de Michigán que leía yo ayer en un periódico del Estrecho,
tomando todos los trabajos, incluyendo algunos de muy altos precios, en
los que los salarios son de 6 a 7 dollars al día, el tipo medio
de las retribuciones asciende a 1,77 Y restando el tiempo perdido a 1,40.
Pues bien, cuando consideréis cómo un hombre puede vivir
y mantener una familia con 1,40 al día, aun en Michigán,
creo que no podréis deducir que las clases trabajadoras hayan mejorado
mucho.
He aquí un hecho general, clarísimo,
que ha sido afirmado por todos aquellos que han investigado en la materia,
como Hallam, el historiador, y el profesor Thorold Rogers, que ha hecho
un estudio de los precios de hace cinco centurias. Cuando todas las artes
productoras estaban en su más primitivo estado, cuando no había
sido introducido el más prolífico de nuestros modernos
vegetales, cuando los rebaños eran pequeños y pobres, cuando
apenas existían caminos y los transportes eran excesivamente difíciles,
cuando todas las manufacturas se hacían a mano, en esos rudos tiempos
la condición de los trabajadores de Inglaterra era mucho mejor que
hoy. En esos rudos tiempos ningún hombre temía a la miseria,
salvo cuando llegaba un período de escasez y, a causa de las dificultades
del transporte, la abundancia de un distrito no podía remediar la
penuria de otro. Salvo en esos tiempos, ningún hombre tenía
que temer a la miseria, El pauperismo tal como existe en los tiempos modernos
era absolutamente desconocido. Todos, salvo el impedido físicamente,
podían ganarse la vida, y aun el más pobre vivía con
rudimentaria abundancia. Pero quizás el hecho más asombroso
sacado a luz por esta investigación es que en aquel tiempo, bajo
aquellas condiciones, en aquellas «edades obscuras», como las
llamamos. la jornada de trabajo era sólo de ocho horas. Mientras,
con todos nuestros modernos inventos y progresos, nuestras clases trabajadoras
se agitan y luchan en vano para conseguir la reducción de la jornada
de trabajo a ocho horas.
¿Revelan progreso estos hechos? Pues,
en el más rudo estado de la sociedad, en el más primitivo
estado de las artes, el trabajo de un jornalero bastaba para subvenir a su
vida y a la de aquellos que de él dependen. En médio de todos
nuestros inventos hay grandes masas de hombres que no pueden hacer esto.
¿Cuál es el más asombró hecho de nuestra civilización?
Pues, lo que más asombró a aquellos jefes «sioux»
que recientemente fueron traídos del lejano Oeste y llevados a visitar
nuestras ciudades fabriles del Este, fué, no los maravillosos inventos
que permiten a la maquinaria actuar casi como si fuera inteligente; no el
desarrollo de nuestras ciudades; no la rapidez con que se mueve el ferrocarril;
no el telégrafo o el teléfono; lo que más les sorprendió
fué el hecho de que entre este maravilloso desarrollo del poder productivo
encontraron pequeñuelos trabajando. ¡Asombro que debiera ser
nuestro; lo más asombroso!
¡Hablar de la mejora en la condición
de las clases trabajadoras, cuando los hechos son que Una cada vez
mayor proporción de mujeres y niños se ven obligados
a trabajar! He oído que aun aquí, en nuestra propia ciudad,
hay niños de trece y catorce años trabajando en las fábricas.
En Detroit, conforme a la relación de la Oficina de estadística
del trabajo, de Michigán, la mitad de los niños de edad
escolar no van a la escuela. En Nueva Jersey el report hecho para la Cámara
describe un cuadro de miseria y de ignorancia que es acusador. Los niños
crecen allí obligados a un monótono trabajo cuando debían
estar jugando; niños que ignoran lo que es jugar; niños que
han trabajado tanto tiempo que han quedado inútiles para él;
niños creciendo en tal ignorancia que ignoran dónde
está Nueva Jersey, que jamás han oído hablar de Jorge
Washington, que algunos de ellos piensan que Europa está en Nueva
York; hechos como estos son acusadores; significan que los propios cimientos
de la República están minados. El hombre peligroso no es
el hombre que trata de excitar el descontento; el hombre nocivo es el hombre
que dice que todo es como debe ser. Un estado de cosas como éste
no puede continuar; tendencias como las que vemos operar aquí no
pueden seguir sin acarrear al fin un estallido destructor.
Digo que toda esta miseria e ignorancia que
de aquí fluye son innecesarias; digo que no hay ninguna razón
natural por la que no podamos ser todos ricos, en el sentido, no de tener
más que cualquier otro, sino de tener todos lo bastante para satisfacer
completamente todas las necesidades físicas: de tener todos bastante
para ganar una vida fácil, en la que se pueda desenvolver la mejor
parte de la humanidad. No hay ninguna razón para que la riqueza no
sea tan abundante que nadie tenga que pensar en cosa tal como que los niños
pequeños trabajen o una mujer sea compelida a una tarea a que no la
destinó la Naturaleza; riqueza tan abundante que no haya razón
para ese miedo devastador que algunas veces paraliza aun a aquellos que no
son considerados «pobres», el miedo que cada uno de nosotros
probablemente ha sentido de que, si la enfermedad le hiriese o si desapareciese,
aquellos a quienes ama más que a su propia vida quedarían a
cargo de la caridad. «Mirad cómo crecen los lirios del campo;
no trabajan ni hilan». Yo creo que en una comunidad verdaderamente cristiana,
en una sociedad que honre no con los labios sino con las obras las doctrinas
de Jesús, ninguno tendría ocasión de preocuparse por
las necesidades físicas más de lo que se preocupan los lirios
del campo. Hay bastante y de sobra. El daño está en que
en esta lucha feroz arrojamos al barro aquello que ha sido suministrado suficientemente
para todos; lo arrojamos al lodo, mientras unos a otros nos destrozamos y
desgarramos.
Hay una causa para esta pobreza; y si la buscáis
encontraréis su pista en una primera injusticia. Contemplad
el mundo presente: miseria por todas partes. La causa debe ser común.
No podéis atribuirla al Arancel o a la forma de Gobierno, o a esto
o lo otro en que las naciones difieren; porque así como la profunda
miseria es común a todas, la causa que la produce debe ser también
una causa común. ¿Cuál es esta causa común?
Hay una causa suficiente que es común a todas las naciones; y esta
es la apropiación como propiedad de algunos de este elemento natural
sobre el cual y del cual todos hemos de vivir.
Considerad el hecho de que os he hablado.
El hecho acusador de que aun ahora es más difícil vivir
que lo fué en las edades obscuras y primitivas de hace cinco centurias,
¿cómo os lo explicáis? No hay ninguna dificultad para
encontrar la causa. Cualquiera que lea la historia de Inglaterra o la historia
de cualquiera otra nación civilizada (pero yo hablo de la historia
de Inglaterra porque es la que mejor conocemos) verá la razón.
Siglo tras siglo, un Parlamento compuesto de aristócratas y patronos
dictó leyes procurando reducir los salarios, pero en vano. Los
hombres no podían ser oprimidos con salarios que permitieran simplemente
vivir; porque la generosidad de la Naturaleza no se había cerrado
enteramente para ellos; porque algunos residuos del reconocimiento de la
verdad de que todos los hombres tienen derechos iguales sobre la tierra existían
aún; porque la tierra de aquella comarca entregada al dominio parlícular
lo era sólo en arrendamiento derivado de la nación y por una
renta pagable a la nación. Las tierras eclesiásticas sufragaban
los gastos del culto público, el sostenimiento de los seminarios
y el cuidado de los pobres; las tierras de la Corona subvenían a
los gastos de la lista civil; y de una tercera porción de tierras,
las tenidas bajo feudos militares, se costeaban los ejércitos. No
había en Inglaterra en este tiempo Deuda nacional. Se mantuvieron
guerras durante cientos de años, pero a expensas de los propietarios.
Y lo que es más importante aún, subsistían en todas
partes, y podéis ver en las ciudades de la vieja Inglaterra sus
huellas hoy, las tierras comunes en las que todo el vecindario era libre.
Cuando esas tierras fueron cerradas; cuando las tierras comunales fueron
monopolizadas gradualmente, y las tierras eclesiásticas se convirtieron
en presa de los insaciables cortesanos, y las tierras de la Corona fueron
dadas en propiedad absoluta a los favoritos del Rey y los feudatarios militares
defraudaron sus rentas y dejaron los gastos que habían convenido en
pagar a cargo de la nación mediante los impuestos, que pesaron sobre
la industria y sobre las ganancias, entonces fué cuando la pobreza
comenzó a ahondarse y la emigración apareció en Inglaterra
exactamente como hoy está apareciendo en nuestros nuevos Estados.
Ahora, pensad en ello: ¿es el monopolio
de la tierra razón suficiente para la miseria? ¿Qué
es el hombre? En primer término, es un animal, un animal terrestre
que no puede vivir sin tierra. Todo lo que el hombre produce viene de la
tierra, toda labor productiva consiste en último análisis en
trabajo sobre la tierra. o sobre los materiales de ella extraídos,
dándoles las formas acomodadas para la satisfacción de las necesidades
y deseos humanos. ¡Si hasta el mismo cuerpo del hombre está
sacado de la tierra! Hijos del suelo, venimos de la tierra y a la tierra
volveremos. Quitad del hombre todo lo que pertenece a la tierra y ¿qué
tendréis sino un espíritu incorpóreo? Por consiguiente,
aquel que posee la tierra sobre la cual y de la cual otro hombre ha de vivir
es el dueño de ese hombre y el hombre es su esclavo. El hombre que
posee la tierra sobre la cual yo tengo que vivir puede mandarme vivir o morir
exactamente lo mismo que si yo fuera su propiedad. Se habla de la abolición
de la esclavitud; no hemos abolido la esclavitud; hemos abolido sólo
una de sus formas rudimentarias, la esclavitud corporal. Hay una más
profunda y más insidiosa forma, una forma más aborrecible
aún a nuestros ojos que abolir, en esta esclavitud industrial
que hace al hombre un esclavo virtual mientras se le ridiculiza y se le escarnece
con el nombre de libre. ¡Miseria! ¡Necesidad! Atormentarán
tanto como el látigo. ¡Esclavitud! Dios sabe cuántos
horrores hay en la esclavitud; pero hay horrores más profundos aún
en nuestras ciudades civilizadas de hoy. Mala como era la esclavitud corporal
no inducía a las madres esclavas a matar sus hijos, y, sin embargo,
podéis leer en informes oficiales que el sistema de seguros de la
infancia, que tan fuertemente ha arraigado en Inglaterra y que ahora se está
extendiendo por nuestros Estados del Este, ha aumentado perceptible y ampliamente
la proporción de la mortalidad de los niños. ¿Qué
significa esto?
Robinsón Crusoe, como sabéis,
cuando rescató a Viernes del poder de los caníbales hizo
de él su esclavo. Viernes tuvo que servir a Crusoe. Pero, suponiendo
que Crusoe hubiese dicho: «Oh, hombre y hermano, me alegro mucho
de veros, y os doy la bienvenida en esta Isla; seréis un ciudadano
libre e independiente con los mismos derechos que yo, salvo que esta Isla
es mía, y como es natural, como yo puedo hacer lo que me plazca
con mi propiedad, no podéis hacer uso de ella sin mi permiso».
Viernes hubiera sido tan esclavo de Crusoe como si lo hubiera llamado
así. Viernes no era un pez, no podía marcharse nadando al
través del mar; no era un pájaro y no podía volar
por el aire; para vivir, tenía que vivir en la Isla. Y si esta Isla
era de Crusoe, Crusoe era dueño de su vida y de su muerte.
Un amigo mío, que opina como yo acerca
de esta cuestión, hablaba hace algún tiempo con otro amigo
mío, marino, pero que no prestaba mucha atención a la cuestión
de la tierra. Nuestro amigo marino decía: «Sí, sí,
el problema de la tierra es importante; yo admito que el problema de la
tierra es muy importante; pero hay otros problemas importantes. Hay este
problema y aquel problema y el otro problema; y hay el problema del dinero.
El problema del dinero es muy importante; es más importante que
el problema de la tierra. Déme a mí todo el dinero y puede
usted tomar toda la tierra». Mi amigo dijo: «Bien, suponga
usted que tiene todo el dinero del mundo y que yo tengo toda la tierra
del mundo, ¿qué haría usted si yo le diera orden de
abandonada?»
Sabéis que yo no creo que el común
de los hombres se dé cuenta de lo que es la tierra. Conozco una
niña que había ido a la escuela durante algún tiempo
a estudiar Geografía y toda clase de cosas; y un día me dijo:
«Hay algo que rodea la superficie de la tierra. Yo me pregunto cómo
ver la superficie de la tierra». «Pues bien, le dije, mira él
la superficie del corral. Esa es la superficie de la tierra». Replicó:
«¿Esa es la superficie de la tierra? ¿Nuestro corral?
Nunca lo habría creído». Este es el caso no sólo
de mucha gente sino el de algunos reputados publicistas: Parecen pensar
cuando hablo de la tierra que me refiero siempre a las granjas; que la cuestión
de la tierra es una cuestión que se refiere exclusivamente a los
labradores, como si la tierra no tuviera otro Uso que el de producir cosechas.
Ahora bien. yo quisiera saber cómo puede un hombre ni siquiera publicar
un periódico sin tener el uso de alguna tierra. Él pudiera
volar y subir en un globo. pero no puede ir más allá sin tierra.
¿Qué es lo que sostiene al globo en el aire? la tierra; la
superficie de la tierra. Que desaparezca la tierra y veréis lo que
sucedería al globo. El aire que sostiene al globo es a su vez sostenido
por la tierra. Y así ocurre con todo lo que el hombre puede hacer.
Que un hombre esté trabajando a 3.000 metros bajo la superficie
de la tierra o que esté trabajando en la cima de uno de esos inmensos
edificios que tiene Nueva York. que cave en la tierra o navegue por el Océano.
siempre está usando tierra.
¡Tierra! Porque si poseéis un
pedazo de tierra ¿qué es lo que tenéis? Los abogados
os dirían que es vuestro desde el centro de la tierra hasta el cielo;
y, hasta donde llegan los humanos esfuerzos, lo hacéis efectivo;
en Nueva York hay casas de 13 y 14 pisos. ¿Por qué es por
lo que están pagando quienes viven en los pisos más altos?
En ellos hay un amigo mío que tiene en uno su oficina y juzga que
paga por el pie cúbico de aire. Bien, el hombre a quien pertenece
la superficie del suelo tiene la renta del aire que hay sobre él y
la tendría aunque la altura de las construcciones se midiera por
millas.
Esta cuestión de la tierra es fa cuestión
fundamental. El hombre es un animal terrestre. Imaginad que necesitáis
construir una casa; ¿podéis construirla sin un lugar en
que situarla? ¿Con qué se construye? Piedra o calo madera
o hierro. todo viene de la tierra. Pensad en cualquier clase de riqueza
que escojáis. en cualquiera de aquellas cosas por las que el hombre
lucha. ¿de dónde vienen? De la tierra. Esta es la cuestión
fundamental.
La cuestión de la tierra es simplemente
el problema del trabajo, y cuando algunos hombres se apropian este elemento,
del cual tiene que ser extraída toda la riqueza y sobre el cual
todos tenemos que vivir, aquéllos tienen el poder de vivir sin trabajar
y, por consiguiente, aquellos que trabajan ganan menos que lo que su trabajo
produce.
¿Habéis pensado alguna vez en
el hecho enteramente absurdo y extraño de que, en todo el mundo
civilizado. las clases trabajadoras son las clases pobres? Id a cualquier
ciudad del planeta, tomad un coche y decid al cochero que os lleve donde
vive la clase trabajadora. No os llevará adonde están las
casas hermosas; os llevará por el contrario por los barrios más
sucios; los barrios más pobres. ¿Habéis pensado cuán
curioso es esto? Pensad por un momento cuánto sorprendería
esto a un ser racional que no hubiera estado nunca antes en la tierra, si
tal inteligencia pudiera bajar y le fueseis explicando cómo vivimos
en la tierra. cómo las casas, el alimento y los vestidos y las muchas
cosas que necesitamos son producidas por el trabajo; ¿no pensaría
que los trabajadores serían la gente que viviera en las más
hermosas casas y que tuviera mayor número de cada una de las cosas
que el trabajo produce? Y, sin embargo, le llevéis a Londres, a
París, a Nueva York o a Burlington, encontraría que aquellos
que se llaman clase obrera son los que viven en las casas más pobres.
Todo esto es extraño; pensad en ello.
Nosotros, naturalmente despreciamos la pobreza; y es razonable que sea así.
Yo no digo, lo rechazo expresamente, que la gente que es pobre lo sea siempre
por su propia falta ni aun en la mayoría de los casos; pero debiera
ser así. Si cualquiera hombre o mujer buenos, tuvieran el poder
de crear un mundo, sería éste un mundo en el cual nadie sería
pobre. a menos que fuese holgazán o vicioso. Pero así es
precisamente este género de mundo en que estamos; así es
precisamente la clase de mundo que el Creador ha hecho. La Naturaleza da
al trabajo y al trabajo únicamente; tiene que haber trabajo humano
antes de que sea producida ninguna clase de riqueza; y en un natural estado
de cosas, el hombre que trabajase honradamente y bien sería el hombre
rico, y el que no trabajase sería pobre. Hemos invertido el orden
natural de tal manera, que estamos acostumbrados a concebir al trabajador
como un hombre pobre.
Y si investigáis la razón de
ello, creo que veréis que la causa primaria es que nosotros obligamos
a aquellos que trabajan a pagar a otros por el permiso de hacerlo. Compráis
un abrigo, un caballo, una casa; entonces pagáis al vendedor por
el trabajo empleado, por algo que él ha producido o que ha recibido
de aquel que lo produjo; pero cuando pagáis a un hombre por la tierra
¿por qué es por lo que estáis pagando? Le pagáis
por algo que no ha producido; le pagáis por algo que estaba allí
antes de que el hombre existiera, o por un valor que ha sido creado no por
él individualmente, sino por la sociedad de que forma parte. ¿Cuál
es la causa de que la tierra ésta donde nosotros estamos esta noche
tenga ahora más precio que hace veinticinco años? ¿Cuál
es la causa de que la tierra en el centro de Nueva York, que en un tiempo
pudo ser comprada a razón de una milla por un jarro de whisky,
valga ahora tanto que aunque la cubrierais con oro no alcanzaríais
su valor? ¿No es a causa del incremento l de población? Quitad
esta población y ¿qué sería del valor de la
tierra? Considerad esto desde el punto de vista que os plazca.
Hablamos de la sobreproducción. ¿Cómo
puede pensarse en sobreproducción mientras la gente siente necesidad?
Todas esas cosas de las que se dice que hay sobreproducción son
apetecidas por mucha gente. ¿Por qUé no las tienen? No las
tienen porque carecen de medios para comprarlas; no porque no las necesiten.
¿Por qué carecen de medios para comprarlas? Ganan demasiado
poco. Cuando grandes masas de hombres tienen que trabajar por un término
medio de 1.40 dallar al día no es de extrañar que grandes
cantidades de artículos no puedan ser vendidos.
Ahora bien, ¿por qué los hombres
tienen que trabajar por tan bajos salarios? Porque si piden salarios más
altos hay muchos hombres parados dispuestos a ocupar sus sitios. Esta
masa de hombres parados es la que obliga a esta fiera competencia que
baja los salarios hasta el nivel de una subsistencia mísera.
¿Por qué hay hombres que no pueden encontrar ocupación?
¿Habéis pensado, alguna vez cuán extraño es
que hombres no puedan encontrar trabajo? Adam no tuvo dificultad para encontrar
empleo ni lo tuvo Robinsón Crusoe; el encontrar trabajo fué
lo último que pudo preocuparles.
Si los hombres no pueden encontrar quien les
dé trabajo, ¿por qué no se emplean a sí propios?
Sencillamente, porque han sido arrojados del único elemento sobre
el cual puede emplearse el trabajo humano; los hombres son compelidos a
competir entre sí por los salarios de Un patrono, a causa de que les
han sido robadas las oportunidades naturales para emplearse a sí propios;
porque no pueden encontrar un pedazo del mundo, hechura de Dios, sobre
el cual trabajar sin pagar a alguna criatura humana por el privilegio de
hacerlo.
No quiero decir que aun después de
reparada esta fundamental injusticia no hubiera muchas cosas que hacer;
pero sí digo que nuestro régimen de la tierra está
en los cimientos de todas las cuestiones sociales. Digo que, hagáis
lo que queráis, reforméis lo que podáis. jamás
os veréis libres de esa universal miseria mientras el elemento
sobre el cual y del cual todos los hombres tienen que vivir sea propiedad
privada de algunos hombres. Es enteramente imposible. Reformad Gobiernos,
rebajad los impuestos hasta el mínimum, construid ferrocarriles.
instituid almacenes cooperativos. dividid los provechos si os parece.
entre patronos y obreros. ¿cuál sería el resultado?
El resultado sería que la tierra aumentaría de valor; este
sería el resultado y nada más que éste. La experiencia
lo demuestra Todos los progresos, ¿no aumentan sencillamente el
valor de la tierra. el precio que cada uno debe pagar a otros por el privilegio
de vivir?
Meditad el asunto. Lo digo con todo respeto
y simplemente porque deseo imprimir en vuestros espíritus
esta verdad: es totalmente imposible, mientras sus leyes sean las que
son. que Dios mismo remediara la pobreza; enteramente imposible. Pensad
en ello y lo veréis. Los hombres ruegan al Todopoderoso que remedie
la miseria. Pero la miseria no viene de las leyes divinas; esto es una
blasfemia del peor género; viene de la injusticia de los hombres
para con sus semejantes. Suponed que el Todopoderoso oyera la súplica.
¿cómo podría atender la petición mientras sus
leyes fueran lo que son hoy? Meditad: el Todopoderoso no nos da nada de
lo que constituye la riqueza; meramente nos da la materia prima que el hombre
ha de utilizar para producir la riqueza; ¿nos da bastante ahora? ¿Cómo
podría Él remediar la miseria, aun cuando nos diese más?
Suponiendo que en contestación a esos peticionarios aumentara el
poder del sol o la fertilidad del suelo o hiciera las plantas más
prolíficas o que los animales se reprodujeran más abundantemente.
¿quién recibiría el beneficio de esto? Tomad un país
donde la tierra esté completamente monopolizada, como ocurre en la
mayoría de las naciones civilizadas; ¿quién recibiría
los beneficios? Únicamente los propietarios. Y aun si Dios, en contestación
a la súplica, hiciera llover del cielo todas las cosas que el hombre
necesita, ¿quién recibiría el beneficio?
En el Antiguo Testamento se lee que cuando
los israelitas peregrinaron por el desierto padecieron hambre y que Dios
hizo caer del cielo el maná. Era bastante para todos y todos tomaron
y fueron socorridos. Pero. suponiendo que el desierto hubiera sido propiedad
privada como lo es el suelo de la Gran Bretaña y aun el suelo de
nuestros nuevos Estados, suponiendo que uno de los israelitas tuviera una
milla cuadrada y otro veinte millas cuadradas y otro cien millas cuadradas
y la gran mayoría de los israelitas no hubiera tenido que llamar
suyo ni siquiera lo bastante para poner la suela de sus zapatos, ¿qué
hubiera sido del maná? ¿Qué beneficios hubiera dado
a la niayoría? Ninguno. Aunque Dios hubiese. enviado maná
bastante para todos, el maná hubiera sido propiedad de los propietarios
de la tierra; éstos quizá hubieran empleado algunos de sus
semejantes en recogerlo en montones y lo hubieran vendido a sus hermanos
hambrientos. Suponedlo. La compra y venta del maná hubiera continuado
hasta que la mayoría de los israelitas hubiesen dado cuanto tenían,
hasta las ropas con que cubrían sus cuerpos. Y ¿entonces
qué? Entonces no les hubiera quedado nada con que comprar el maná
y la consecuencia hubiera sido que, mientras ellos sentían hambre.
el maná hubiera permanecido en grandes montones y los propietarios
de la tierra se hubiesen quejado de una superproducción de maná.
Hubiera habido una gran cosecha de maná y gente hambrienta. Precisamente
el fenómeno que estamos viendo hoy.
No puedo tratar todos los puntos que deseara,
pero quiero llamar vuestra atención sobre el profundo absurdo de
la propiedad privada de la tierra. Porque. considerad la idea de un hombre
que vende la tierra, la tierra, nuestra madre común. Un hombre que
vende lo que el hombre no produce, un hombre transmitiendo el título
posesorio de una generación a otra; ¿qué cosa
hay más absurda en el mundo? ¿Habéis pensado en esto?
¿Qué derecho tiene un hombre muerto a la tierra? ¿Para
quién fué creada esta tierra? Fué creada para los
vivos, no ciertamente para los muertos. Pues bien, ahora nosotros la tratamos
como si hubiese sido creada para los muertos. ¿De dónde vienen
nuestros títulos sobre la tierra? Vienen de hombres cuya mayor parte
han pasado y desaparecido. Aquí, en esta comarca nueva alcanzamos
a ver un poco más próxima su fuente original; pero id a los
Estados del Este y más allá del Atlántico. Allí
podéis ver claramente el poder que viene de la propiedad territorial.
Como digo, el hombre que es dueño de
la tierra es dueño de aquellos que deben vivir sobre ella. He aquí
un moderno ejemplo. Aquellos a quienes es familiar la historia de la
Iglesia escocesa saben que en sus comienzos hubo una disidencia en dicha
iglesia. Los que han leído la obra de Hugh Miller sobre The Cruise
of the Betsy saben algo de esto; y cómo muchos, inducidos por el Doctor
Chalmers, se separaron de la iglesia oficial y dijeron que querían
formar una iglesia libre. En la iglesia oficial había gran número
de propietarios. Algunos de ellos, como el duque de Buccleuch, poseían
millas y millas de tierra sobre la cual la generalidad de los escoceses no
tenía derecho a poner sus pies sino con el permiso del duque de Buccleuch.
Estos propietarios no sólo rehusaron a «fieles libres»
permiso para tener terreno sobre el cual erigir una iglesia, sino que no les
dejaron permanecer en sus territorios y rendir culto a Dios. Los que habéis
leído The Cruise of the Betsy sabéis que esta es la historia
de un clérigo que fué obligado a vivir en un bote sobre el
mar bravío, porque no le permitían tener tierra bastante para
vivir sobre ella. En muchos lugares la gente tenía que recibir la
comunión con el agua hasta las rodillas; muchos hombres murieron por
realizar sus prácticas religiosas I en los caminos bajo la lluvia
y la nieve. No les estaba permitido penetrar en la tierra del señor
propietario y rendir culto a Dios y tenían que hacerlo en los caminos.
El duque de Buccleuch se mantuvo en esa actitud durante siete años,
obligando a la gente a realizar sus prácticas religiosas sobre los
caminos. hasta que finalmente, apiadándose un poco, les consintió
hacerlo sobre un arenal; por lo que entonces elevaron un mensaje de gracias
a S. E.
Pero no es esto lo que yo necesito deciros.
Lo que me sorprendió fué este hecho significativo: tan pronto
como ocurrió el rompimiento. la Iglesia Libre, compuesta de gran número
de hombres aptos. envió inmediatamente a los propietarios una comisión
pidiendo para los escoceses permiso para dar culto a Dios en Escocia y
conforme a sus creencias. Esta comisión fué a Londres; tuvo
que ir a Londres; a Inglaterra, para que se les permitiera a los escoceses
rendir culto a Dios en Escocia. en su tierra nativa.
Pero no es esto lo más absurdo. En
un sitio. después de que se les negó tierra en la que permanecer
y rendir culto a Dios. el propietario murió, quedando su propiedad
en manos de los albaceas, y la contestación de éstos fué
que, por ellos, hubieran tenido mucho gusto en ceder un sitio para levantar
una iglesia, pero que en conciencia no podían hacerlo porque sabían
que tal resolución hubiera desagradado mucho al difunto Mr. Monaltiel.
Ahora bien, este difunto había ido al cielo. esperémoslo;
en todo caso. se había marchado de este mundo. y sin embargo. a
menos de disgustarle. hombres aún vivos no podían rendir
culto a Dios. ¿Es posible llevar el absurdo más lejos?
Podéis decir que esta gente escocesa
es muy absurda. pero no lo son ni un ápice más que nosotros.
Hace muy poco leí que algunos pescadores de Long Island habían
pagado como renta por el privilegio de pescar allí cierta parte
de lo que pescaban. Pagaban a causa de que creían que Jorge II,
un hombre que murió hace siglos, un hombre que jamás puso
sus pies en América, un rey que fué arrojado del Trono inglés.
les había dicho que pagaran. y ellos designaron un comité
que fué a la capital del condado. No encontraron nada encaminado
a demostrar que Jorge II hubiese ordenado que ellos tuvieran que pagar a
nadie parte de su pescado y por esto rehusaron pagar durante más tiempo.
Pero si hubieran encontrado que Jorge II había dicho realmente que
debían hacerlo, hubieran seguido pagando. ¿Puede haber algo
más absurdo?
Hay en Nueva York un jardín–Stuyvesant
Square–que es cerrado a las seis de la tarde aun en las largas tardes
de verano. ¿Por qué es cerrado? ¿Por qué hay
niños a quienes no se les permite jugar allí? Pues, porque
el viejo Mr. Stuyvesant, muerto y desaparecido no sé cuántos
años hace, así lo quiso. ¿Puede haber algo más
absurdo?
Y, sin embargo, esto no es más absurdo
que lo son nuestros títulos de propiedad territorial. ¿De
dónde vienen éstos? De muerto tras muerto. Imaginad que tomáis
aquí el tren para ir a «Council Bluffs» o a Chicago.
Encontráis un viajero que tiene su equipaje esparcido por todos los
asientos. Le decís: «¿quiere usted hacerme el favor
de dejarme un sitio?» Replica: «No; he comprado estos sitios.»
«¿Comprado estos sitios?» «¿A. quién
se los ha comprado usted?» «Se los he comprado al viajero que
se marchó en la estación anterior.» Este es el modo
como nosotros tratamos esta tierra nuestra.
¿No es una verdad axiomática,
como Tomás Jefferson dijo. que «la tierra pertenece en usufructo
a los vivientes», y que aquellos que han muerto la han dejado y no
tienen facultad para decir cómo dispondremos de ella? ¡Derecho
a la tierra! ¿Cómo puede obtener un hombre título alguno
que haga propiedad suya la tierra?
Hay un sagrado derecho de propiedad, sagrado
porque es conforme a las leyes de la Naturaleza, esto es, a las leyes divinas
y necesario al orden social y a la civilización. Es el derecho de
propiedad sobre las cosas producidas por el trabajo; dimana del derecho
del hombre sobre sí propio. Lo que un hombre produce suyo es contra
todo el mundo, para darlo o para guardarlo, para prestarlo, venderlo o legarlo;
pero ¿cómo puede tener un derecho semejante a éste sobre
la tierra, si ésta existía antes que él viniese? La
reclamación individual sobre la tierra se funda 'solamente en la
apropiación. He leído en un número reciente de la Nineteenth
Century, probablemente alguno de vosotros lo habéis leído también,
un artículo suscrito por un ex primer Ministro de Australia, en el
que se hace una pequeña historia que atrajo mi atención. Se
trata de un hombre llamado Galahard, el cual en los primeros días
subió a la cumbre de un alto monte en una de las más hermosas
comarcas del Oeste australiano. Pué allí, miró en torno
e hizo esta declaración: «Toda la tierra que se ve alrededor
de la cima de este monte es mía; y toda la tierra que está
fuera del alcance de la vista es de mi hijo Juan».
Esta anécdota es de universal aplicación.
Los derechos sobre la tierra en todas partes vienen de una apropiación
semejante a ésta. Ahora bien, bajo ciertas circunstancias la apropiación
puede dar un derecho. Invitáis a unos cuantos caballeros a comer
y les decís: «siéntense, señores». Y yo
me siento en esta silla. Pues este asiento, por el tiempo que lo ocupo
es mío por derecho de apropiación. Sería muy poco
caballeroso, sería muy injusto que cualquiera de los demás
invitados se levantara y dijera: «levantaos de ese asiento, necesito
sentarme ahí». Pero este derecho de posesión, que
es legítimo en cuanto concierne al asiento durante algún
tiempo, no puede darme derecho a apropiarme todo lo que está
sobre la mesa, ante mí. Conviniendo en que un hombre tiene el derecho
de apropiarse tanta parte de los elementos naturales como puede usar,
¿tiene algún derecho a apropiarse más de Jo que puede
usar? ¿Tiene un invitado, en un caso como el que imaginé,
derecho a apropiarse más de lo que necesita y a hacer que otros se
queden en pie? No tiene ninguno.
Pues bien, mirad toda esta comarca. contemplad
toda esta ciudad y cualquiera otra ciudad. Si los hombres toman sólo
lo que necesitan usar tendremos para todos bastante; pero toman lo que en
absoluto no necesitan usar. Aquí hay unos cuantos ingleses que vienen
y adquieren títulos sobre nuestra tierra en vasta escala; ¿para
qué necesitan nuestra tierra? No la necesitan de ningún modo;
no es la tierra lo que necesitan; ellos no van a utilizar la tierra americana.
Lo que necesitan es la renta que ellos saben que pueden obtener de ella
dentro de poco. ¿De dónde viene esa renta? Viene del trabajo,
del trabajo de los ciudadanos americanos. Lo que nosotros vendemos a
esa gente son nuestros hijos, no la tierra.
Miseria. ¿Puede dudarse de su causa?
Id a los países viejos, id a la Irlanda occidental, a los highlands
de Escocia; son sociedades completamente primitivas. Encontraréis
allí gente tan pobre como se puede ser, que come años tras
año harina de maíz o patatas y padece a menudo hambre. Podría
haceros la patética historia de muchos. Hablando con un médico
escocés que me decía cómo esta penuria va produciendo
entre esa gente una enfermedad semejante a la que por iguales causas devasta
a Italia <la pelagra), le decía: «Allí hay mucho
pescado; ¿por qué no pescan? Allí hay mucha caza.
Sé que las leyes están contra ellos, pero ¿no podrían
cogerla furtivamente?» «Esto, me replicó, no les pasará
nunca por la cabeza. Porque si se sospechara de un individuo que le gustaba
una trucha o una gallina, tendría que marcharse inmediatamente».
No hay dificultad alguna para descubrir lo que hace pobres a estos pueblos.
No tienen derecho a nada de lo que les da la Naturaleza. Todo lo que ellos
pueden obtener sobre lo indispensable para la subsistencia deben entregarlo
como pago al propietario de la tierra. No sólo tienen que pagar
por la tierra que utilizan, sino que tienen que pagar por las algas que
vienen a las playas y por los juncos que arrancan del pantano. No se atreven
a mejorar, porque cualquier mejora que hacen es un pretexto para elevarles
la renta. Este pueblo, que trabaja afanosamente, vive en chozas, y los
propietarios, que no trabajan nada, ¡oh! esos viven lujosamente
en Londres o en París. Si tienen allí apeaderos de caza, son
castillos magníficos, comparados con las chozas en que viven los
hombres que hacen la obra. ¿Hay alguna duda sobre la causa de la
miseria allí?
Ahora bien; id a las ciudades y ¿qué
veréis? Pues veréis una miseria aún más profunda;
si yo quisiera señalaros los peores males del monopolio de la tierra,
no os llevaría a Connemara; no os llevaría a Skye o Kintyre;
os llevaría a Dublin o Glasgow o Londres. Allí hay algo
peor que los padecimientos físicos, algo peor que la inanición;
y es la degradación del espíritu, la muerte del alma, esto
es lo que encontraréis en aquella ciudad.
Pues bien, ¿cuál es la causa
de esto? Se ve fácilmente; la gente arrojada de la tierra en el campo
cae en los suburbios de las ciudades. A medida que los hombres son arrojados
de la tierra campesina, disminuye la demanda de fas cosas producidas por
los trabajadores de las ciudades; y el hombre mismo, con su mujer y sus hijos,
se ve obligado a competir con estos trabajadores de cualquier modo, por
una mísera existencia, y fuerza a bajar los salarios. Debe encontrar
trabajo o fenecer; debe encontrar trabajo o hacer lo que aquellas
gentes temen más que a la muerte, mientras conservan sentimientos
levantados: ir a un asilo. Esta es la razón de que aquí,
como en la Gran Bretaña, las ciudades tengan una superpoblación.
Abrid la tierra que está cerrada, que está poseída
por los perros del hortelano, quienes no la utilizan por sí mismos
y no dejan a nadie que la utilice, y no veréis más emigración
ni oiréis ya hablar de superproducción.
¡El completo absurdo de la propiedad
privada de la tierra! Desafío a que nadie me indique ningún
bien que de ella venga, búsquelo como quiera. Id a las nuevas tierras,
que primeramente llamaron mi atención, o id al corazón
de la capital del mundo, Londres. En todas partes, cuando vuestros ojos
estén abiertos, veréis su iniquidad y su absurdo. No tenéis
que ir más allá de Burlington. Tenéis aquí un
hermosísimo espacio para la ciudad, pero la ciudad en sí
misma, comparada con lo que debiera ser, es una miserable, una destartalada
ciudad. Un señor me mostró hoy un gran hoyo en medio de una
de vuestras calles. El lugar había sido rellenado en torno de aquél,
pero quedaba el hoyo. No era ni bonito ni útil. ¿Por qué
seguía allí el hoyo? Pues seguía porque alguien lo
consideraba como su propiedad privada. Hay un hombre, me decía este
señor, que desea igualar otra porción de terreno y necesita
un sitio para ir echando los escombros que quitase de allí, y ofreció
comprar este agujero con el fin de rellenarlo. Ahora bien, sería
bueno para Burlington verlo relleno, bueno para todos. Vuestra ciudad tendría
mejor aspecto y vosotros no correríais el peligro de caer dentro de
él en alguna noche obscura. Mi amigo me enseñó
otro hoyo parecido que se había ido llenando de agua, y me dijo que
se habían ahogado en él dos niños. También me
contó que, hace años, un borracho se había caído
en un hoyo igual a ese y había seguido un proceso contra la ciudad,
proceso que costó a vuestros contribuyentes unos 12.000 dollars. Claramente
se ve el interés de todos en rellenar el hoyo. El hombre que quería
rellenarlo ofreció al propietario 300 dollars. Pero el propietario
rehusó la oferta y declaró que no cedería hasta que
le dieran mil, y entretanto ese feo y peligroso hoyo subsiste, Esto no es
sino un ejemplo de lo que es la propiedad privada de la tierra.
Podéis ver lo mismo en todo este país.
Ved cuán dañosamente afecta a los caminos y a las distancias
entre los pueblos esta idea de la propiedad privada de la tierra
en los distritos rurales, Un hombre no toma la tierra que necesita, la
que ha de usar, sino que toma toda la que puede, y la consecuencia es que
su vecino más próximo tiene que alejarse. Y la gente está
separada una de otra más de lo que debiera estar, aumentando las
dificultades de producción y con pérdida de la vecindad y
la compañía. Tienen que conservar más caminos
de los que razonablemente pueden conservar; tienen que trabajar más
para ganar lo mismo y la vida es en todos sus aspectos más difícil
y más triste.
Cuando venís a la ciudad pasa precisamente
lo contrario. En el campo la gente está demasiado diseminada. En
las grandes ciudades demasiado aglomerada. Id a una ciudad como Nueva York
y allí están apelmazados como sardinas en lata, viviendo familia
sobre familia, unas sobre otras. Es totalmente antinatural y antihigiénico.
¿Cómo podéis tener algo que se parezca a un hogar
en una habitación de dos o tres cuartos? ¿Cómo pueden
los niños criarse saludables sin un sitio para jugar? Hace dos o
tres semanas leí que un juez de Nueva York impuso cinco dollars de
multa a dos chicuelos que jugaban a la pata coja en medio de la calle;
¿en qué otro sitio podían jugar? La propiedad privada
de la tierra les ha robado todo sitio para sus juegos. Hasta un hombre moderado
que estudió el asunto dijo que, en su opinión, los palacios
de máquinas de Londres eran un bien positivo allí porque
permitía a la gente albergada en cuartos obscuros y pequeños
ver alguna claridad, y esto les preservaba de volverse Jacos.
¿Cuál es el motivo de esta superpoblación
de las ciudades? No hay ninguna razón natural. Ved Nueva York;
la mitad de su superficie está sin edificar. ¿Por qué,
pues, tiene la gente que apelmazarse de ese modo? Únicamente a causa
de la propiedad privada de la tierra. Hay mucho sitio para construir casas
y mucha gente que desea construir casas; pero antes de que nadie pueda construir
una casa hay que pagar un buen precio a algún perro del hortelano.
En muchos casos cuesta más adquirir el solar sobre el que construir
la casa que la construcción misma y después, ¿qué
le ocurre al que paga ese alto precio y construye la casa? Encima viene
el recaudador de tributos y le multa por haber construido. Así ocurre
en todos los estados Unidos: los hombres que hacen mejoras, los hombres
que convierten las praderas en granjas y los desiertos en jardines, los
hombres que embellecen vuestras ciudades son gravados y multados por haber
hecho estas cosas. Ahora bien, nada es más claro que el que el pueblo
de Nueva York necesita más casas. Y creo que aun aquí, en Burlington,
estaríais mejor con más casas. ¿Por qué, pues,
mulláis al hombre que las construye? Contemplad toda esta
comarca: la carga del impuesto gravita sobre el que hace mejoras; el hombre
que levanta un edificio o establece una fábrica o cultiva una granja
es gravado por ella; y no únicamente gravado por ella, sino que
creo que, de cada diez casos en nueve, la tierra que utiliza, la tierra
sola está gravada más que el lote vecino o los 160 acres de
al lado que cualquier especulador conserva como un simple perro del hortelano,
no utilizándolo él por sí mismo y no permitiendo a
nadie que los utilice.
Estoy extendiéndome demasiado, pero
dejadme puntualizar en pocas palabras el modo de verse libre del monopolio
de la tierra, garantizando el derecho de todos a los elementos que son necesarios
para la vida. Nosotros no podemos dividir la tierra. En un primitivo
estado de la sociedad, como entre los antiguos hebreos, dando a cada familia
su lote y haciéndolo inalienable conseguiríamos algo semejante
a la igualdad. Pero en una civilización compleja esto no bastaría.
No hay, por consiguiente, que dividir la tierra. Todo lo necesario
es dividir la renta que procede de la tierra. De este modo podríamos
conseguir una absoluta igualdad, y la adopción de este principio
no implicaría ni un choque demasiado rudo ni un cambio violento.
Se puede implantar gradual y fácilmente aboliendo los impuestos que
hoy recaen sobre el capital, trabajo y mejoras y obteniendo todas nuestras
rentas públicas por el impuesto sobre el valor de las tierras. Y
mientras más lo penséis más claramente veréis
que en todos sus aspectos posibles sería éste beneficioso.
Ahora bien, suponiendo que aboliéramos
todos los otros tributos directos e indirectos, substituyéndolos
por un impuesto sobre el valor de las tierras, ¿cuál sería
el efecto? En primer lugar mataría los valores de especulación,
trasladaría el peso del tributo desde las partes más nuevas
del país a las partes más ricas. Exceptuaría de la
tributación al trabajador y haría pagar más a las grandes
ciudades. Eximiría a la energía y a la iniciativa, al capital
y al trabajo de todos los gravámenes que ahora pesan sobre ellos.
¡Qué impulso daría a la producción. En segundo
lugar podríamos con el valor de la tierra pagar, no sólo los
actuales gastos públicos, sino infinitamente más. En la ciudad
de San Francisco, James Lick dejó unos pocos pedazos de tierra con
destino a usos públicos, y la renta suma tanto, que con ella
se construirá el más grande telescopio del mundo, amplios baños
públicos y otros edificios públicos y varios costosos monumentos.
Si en vez de esos pocos pedazos se hubiera aplicado a San Francisco todo
el valor de la tierra sobre que se ha construido la ciudad, ¿qué
no podría hacerse?
Así, en esta pequeña ciudad
donde la tierra es muy barata comparada con ciudades como Chicago y San
Francisco, podríais hacer muchas cosas en beneficio común
y públicas mejoras si os apropiarais con fines públicos
el valor de la tierra que ahora va a los individuos. Podríais tener
una gran biblioteca pública. Podríais tener una galería
de Arte; podríais haceros un parque público, un magnífico
parque público. Disponéis de uno de los más hermosos
parajes naturales que yo conozco para hacer una bella ciudad, y he viajado
mucho. Podríais hacer una ciudad tal, que fuera un gozo vivir en
ella. No lo haréis si seguís como ahora; no. Porque precisamente
el hecho de que tengáis un magnifico paisaje, será causa de
que algunos se aferren a esa tierra que domina el paisaje y exijan muy altos
precios por ella. El Estado de Nueva York necesita comprar una lengua de
tierra que permita a la gente disfrutar de la vista del Niágara,
pero ¿qué precios tiene que pagar por ella? Mirad a todas
las grandes ciudades; en Filadelfia, por ejemplo, para construir su
gran Ayuntamiento han tenido que cerrar las únicas dos grandes calles
que había en la ciudad. Por dondequiera que vais encontráis
cómo la propiedad privada de la tierra impide lo mismo las mejoras
públicas que las privadas.
Pero no tengo tiempo para entrar en más
detalles. Puedo sólo pediros que meditéis sobre este asunto,
y mientras más lo hagáis más veréis su conveniencia.
Como un inglés amigo mío dice: «ningún impuesto
y una pensión para cada cual»; y ¿por qué no
había de ser? Tomar el valor de la tierra para fines públicos
no es realmente imponer un tributo, sino tomar para fines públicos
un valorcreado por la comunidad. Yaparte de los recursos que podríamos
obtener así de la propiedad común, podríamos sin deprimir
a nadie suministrar lo bastante para garantir contra la necesidad a cuantos
se vieran privados de sus naturales protectores o víctimas de algún
accidente, o a cualquiera que fuese tan viejo que no pudiera trabajar. Toda
esa charlatanería que se oye en algunos puntos de que se perjudica
a la gente dándole lo que no ha ganado trabajando es una majadería.
La verdad es que cualquier cosa que lastime la dignidad degrada y daña;
pero si lo dais como un derecho, como algo a lo cual cada ciudadano tiene
un título, eso no degrada. Las escuelas de caridad degradan a los
niños que a ellas se envían; pero las escuelas públicas,
no.
Pero todos estos beneficios, aunque grandes,
serían incidentales. Lo grande sería que la reforma que
propongo tendiera a abrir oportunidades al trabajo y capacitaría
a los hombres para emplearse a sí propios. Esta es la gran ventaja.
Ganaríamos los enormes poderes productivos que se despilfarran en
todo el país; el poder de los brazos ociosos, que trabajarían
alegremente; y, removido esto, veríais comenzar a subir los salarios.
No es que todo el mundo se convirtiera en labrador o que todos se construyeran
por sí propios una casa si tenían oportunidad para hacerlo,
sino que podrían y querrían tantos cuantos fueran necesarios
para disminuir la presión del mercado de trabajo y proporcionar ocupación
a los demás. Y a medida que fueran subiendo los salarios a más
alto nivel veríais aumentar los poderes productores. El país
donde los salarios son altos es el país de poderes productivos
más grandes. Donde los salarios son más altos la invención
es más activa, el trabajo más inteligente, mayor el campo
para el ejercicio de la actividad. Cuanto más penséis esto
más claramente veréis que es verdad lo que os digo. No puedo
esperar convenceros hablándoos durante Una o dos horas, pero me daré
por satisfecho si os incito a la indagación. Pensad por vosotros mismos;
preguntáos si este universal hecho de la miseria no es un crimen y
un crimen del cual cada uno de nosotros, hombres y mujeres. quienes no hagan
cuanto puedan para llamar la atención acerca de él y procurar
disiparlo, somos responsables
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