Henry George, dijo:
Acabamos
de juntarnos en la más solemne, más sagrada y más
católica de todas las plegarias. «Padre nuestro que estás
en los cielos!» En cuantos lo aprendimos en nuestra infancia, evoca
las más dulces y tiernas emociones. Unas veces consciente, otras
rutinariamente, ¡cuántas veces la hemos repetido! Durante
siglos, cada día, cada hora, asciende esta súplica: «Vénganos
el Tu Reino!» Ha venido? Conteste esta cristiana ciudad de Glasgow
— Glasgow, que fué la «floreciente por la predicación
de la palabra»—. «Vénganos el Tu Reino». Día
tras día, domingo tras domingo, semana tras semana, siglo tras siglo
ha ascendido esta súplica; y hoy, en esta llamada cristiana ciudad
de Glasgow, 125.000 seres humanos— así dicen vuestros funcionarios
de Beneficencia —, 125.000 criaturas de Dios, viven en una sola habitación
por familia. «Vénganos el Tu Reino». Lo hemos estado
implorando e implorando y aún no ha venido. Tanto se ha retardado,
que muchos creen que no vendrá nunca. Este es el punto vital en que
esto que acostumbramos a llamar cristianismo del tiempo presente tanto difiere
del cristianismo que derrumbó el mundo antiguo, aquel cristianismo
que bajo la raíz de una vieja civilización plantó la
semilla de una nueva y más alta. Nos hemos acostumbrado a pensar
que el reino de Dios no es para este mundo; que virtualmente este es el
mundo del demonio y que el reino de Dios está en alguna otra esfera
a la cual aquél elevará a los buenos cuando mueran — como los
buenos americanos dicen que «cuando mueren van a París»—.
Si es así, ¿para qué sirve implorar la venida de aquel
reino? Dios, el Dios de los cristianos, el Todopoderoso, el Padre amante
de quien Cristo habló — ¿es un monstruo tal como lo sería
un Dios de esa clase?—; un Dios que mira a este mundo, ve sus padecimientos
y sus miserias, ve las nobles facultades abortadas, las vidas fracasadas,
la inocencia trocada en vicio y crimen, las fibras del corazón
heridas y rotas, y sin embargo, estando en su mano, ¿no traerá
este reino de paz, de amor, de abundancia y de felicidad? ¿Es Dios
en realidad un déspota caprichoso a quien tenemos que adular para
que haga el bien?
Mas, pensad en ello: El Todopoderoso —
y lo digo con reverencia —, el Todopoderoso no podrá traer este
reino espontáneamente. Porque ¿cuál es el reino de
Dios, el reino por el que Cristo nos enseñó a orar? ¿No
consiste en hacer la voluntad de Dios, no automáticamente, no como
animales que son compelidos, sino como seres inteligentes que distinguen
el bien del mal? Swedenborg jamás dijo nada más profundo
y verdadero ni nada más compatible con la filosofía del cristianismo
que cuando dijo que Dios no ha llevado a nadie al infierno, que los demonios
van al infierno porque prefieren ir al infierno a ir al cielo. Los espíritus
del mal serían infelices donde reinase el espíritu del
bien; casados con la injusticia y amando la injusticia serían
desdichados donde la justicia fuera ley. Y correlativamente Dios no puede
poner a seres inteligentes que tienen una voluntad libre en condiciones
en que tengan que obrar justamente sin destruir esa voluntad libre. ¡Ah!
¡Ah! «Vénganos el Tu Reino». Cuando Cristo nos
enseñó esta oración no significó únicamente
que los hombres hayan de pronunciar ociosamente estas palabras, sino que
tienen que trabajar lo mismo que orar por la venida de aquel reino.
¡Orar! Reflexionad lo que es orar.
¡Qué verdad es la vieja anécdota! El canelero cuyo
carro se atrancó en el camino se arrodilló y suplicó
a Júpiter que lo desatascara. Podía haber estado orando hasta
el fin del mundo y el carro continuaría atollado allí. Este
mundo — el mundo de Dios — no es un mundo de tal clase que la repetición
de palabras saque carros de los baches o la miseria de los tugurios. El
que quiera orar con eficacia tiene que trabajar. «¡Padre nuestro
que estás en los cielos!» No un déspota que gobierne
por arbitrarios fiats, sino un Padre, un Padre amoroso, nuestro Padre; un
Padre para todos nosotros — este fué el mensaje de Cristo—. Es nuestro
Padre y nosotros somos sus hijos. Pero hay hombres que viendo en torno
los padecimientos y la injusticia de que, aun en los llamado:; países
cristianos, está llena la vida, dicen que no hay padre en los cielos,
que no puede haber Dios porque si no, no permitiría esto. ¡Qué
superficial es esta idea! ¿Qué haríamos nosotros como
padres por nuestros hijos? ¿Hay alguien que, conociendo el mundo
y las leyes de la vida humana, cercara a sus hijos de guardianes de modo
que no pudieran hacer mal ni padecer dolor? ¿Qué lograrían
con una educación como ésta? Un animal mimado, no un hombre
capaz de confiar en sí propio. Nosotros somos sus hijos. Sin embargo,
que uno de los hijos de Dios se caiga al agua y si no ha aprendido a nadar
se ahogará. Y si la tierra está a mucha distancia y no hay
cerca un bote, ni nada a que pueda acogerse, se ahogará de todos modos,
sepa nadar o no. Dios, el Creador pudo haber hecho que los hombres pudieran
nadar como los peces; pero ¿cómo podría haber hecho que
pudieran nadar como los peces y, sin embargo, haber adaptado esta maravillosa
fábrica nuestra para todos los fines que la inteligencia aposentada
en ella requiere para su empleo? Dios puede hacer un pez; Dios puede hacer
un pájaro; pero ¿podía, siendo sus leyes como son, fabricar
un animal que a la vez nadase como el pez y volase como un pájaro?
Que aquella inteligencia que tenemos que reconocer sobre la Naturaleza sea
todopoderosa no significa que pueda contradecirse a sí propia y hollar
sus propias leyes. No; somos los hijos de Dios. Qué cosa es Dios ¿quién
lo dirá? Pero todo hombre tiene conciencia de esto: que tras lo
que él ve tiene que haber habido un poder creador; que tras lo que
él conoce hay una inteligencia mucho mayor que la aposentada en
la mente humana, pero a la cual, aunque en grado infinitamente menor, se
parece la inteligencia humana.
Sí, somos sus hijos. Nosotros,
en cierta medida, tenemos ese poder de adaptar las cosas que sabemos
que tiene que haberse ejercido para crear este universo. Considerad esos
grandes buques por los cuales es famoso en todo el mundo este puerto de
Glasgow. Considerad uno de esos grandes transatlánticos como el
«Umbría» o el «Etruria» o el «Ciudad
de Nueva York» o el «Ciudad de París». En el
Océano que tales barcos surca hay puercos marinos, hay ballenas,
hay delfines, hay otra clase de peces. Son hoy exactamente como eran cuando
César abordó a esta isla, exactamente como eran antes de
que el primer bretón antiguo echara al agua sus botes revestidos
de cuero. El hombre, hoy, no puede nadar mejor que otro hombre pudo hacerlo
entonces; pero considerad cómo por su inteligencia ha ido ascendiendo
cada vez más, cómo se ha desarrollado su poder de hacer cosas
que ahora cruzan el gran Océano más rápidamente que
cualquier pez. Considerad a uno de esos grandes transatlánticos
forzando su marcha a través del Océano Atlántico a
400 millas al día, con temporal contrario: ¿no es en cierto
modo producto de un poder semejante al divino? ¿Una máquina
en cierto modo igual a los peces que nadan debajo? Aquí está
lo que distingue al hombre de los animales; aquí está el abismo
profundo e infranqueable. Entre todos los animales, el hombre es el único
hacedor. Entre todos los animales el hombre es el único que posee
el poder semejante al divino de adaptar los medios a los fines. Y ¿es
posible que el hombre que posee el poder de adaptar los medios a los fines
de modo que pueda cruzar el Atlántico en seis días no posea,
sin embargo, el poder de suprimir las condiciones que hacinan cientos de
miles de familias en viviendas de una sola habitación? Cuando consideramos
estas conquistas del hombre y miramos a la miseria que existe hoy en los
mismos centros de la riqueza, la ignorancia, el desamparo, la injusticia
que caracterizan nuestra más alta civilización, podemos conocer
con seguridad que no es por culpa de Dios; es por culpa del hombre. ¿Podemos
desconocer que en este mismo poder que Dios ha dado a sus hijos aquí,
en este poder de elevarse cada vez más alto, va envuelto — y envuelto
necesaria mente — el poder de caer más bajo?
«¡Nuestro Padre!» «¡Nuestro
Padre!» ¿De quién? No mi Padre. ¡Esta no es
la oración! «¡Nuestro Padre!» No el Padre de
una secta, de una clase, sino el Padre de todos los hombres. El Padre
de todos, el Padre igual, el Padre amante. A Él es a quien nosotros
pedimos que venga su reino. ¡Ay! ¡Lo pedimos con los labios!
Le llamamos «nuestro Padre», el de todos; el Padre universal
cuando nos arrodillamos para rezarle. Pero que sea el Padre de todos —
que, sea el Padre de todos los hombres — lo negamos con nuestras instituciones.
El Padre de todos que ha hecho el mundo; el Padre de todos que ha creado
el hombre a su imagen y lo ha puesto sobre la tierra para que saque su subsistencia
de las entrañas de ésta: para que encuentre en la tierra todas
las materias aptas para satisfacer sus necesidades, esperando sólo
a que el trabajo del hombre las extraiga. Si Él es el Padre de lodos
¿no tienen todos los seres humanos, todos los hijos del Creador,
títulos iguales para utilizar sus mercedes? Y, sin embargo, nuestras
leyes dicen que esta tierra de Dios no está aquí para uso de
todos sus hijos sino para uso de unos pocos privilegiados. En el Oeste de
los Estados Unidos se publicó hace algún tiempo un pequeño
diálogo. Acaso lo habéis leído. Pasó entre
un muchacho y su padre que visitaban un ladrillar. El muchacho miró
a los hombres que hacían ladrillos y preguntó: ¿Quiénes
son estos hombres que hacen barro? ¿Por qué están sacando
tierra, y qué es lo que están haciendo? Se lo dicen, y entonces
pregunta por el c1uefío del ladrillar. Éste no hace ladrillos,
éste cobra su renta por permitir a otros hombres que hagan ladrillos.
Entonces el muchacho pregunta a quién pertenecen los ladrillos. Y
le dicen que pertenecen a los hombres que los están haciendo. Entonces
necesita saber de dónde saca su título de propiedad sobre el
ladrillar el dueño de él. ¿Lo ha hecho él? No,
no lo ha hecho él, le replica el padre; «lo hizo Dios».
El muchacho pregunta, ¿lo hizo Dios para aquél? A lo cual el
padre le dice que no debe hacer tales preguntas, sino que eso es justo y
conforme a la ley de Dios. Entonces el muchacho que, naturalmente, era un
chico de escuela dominical y había ido a la iglesia, murmuró
para sí: «que Dios amaba tanto al mundo que había enviado
a Su Único Hijo para que muriese por todos los hombres, pero que amaba
tanto al dueño de aquel ladrillar que no solamente le había
dado Su Único Hijo sino el ladrillar además.»
Este es un cuentecillo sarcástico;
pero yo no lo repito en burla; a mí no me gusta hablar burlescamente
de los asuntos sagrados. Sin embargo, es bueno que algunas veces seamos
festivamente inducidos a pensar. Pensad en lo que el cristianismo nos
enseña; pensad en la vida y muerte de Aquél que vino a morir
por los hombres; pensad en sus enseñanzas, que todos nosotros somos,
por igual, hijos de un padre todopoderoso que no hace distinción
de personas; y después pensad en esta injusticia legalizada, esta
negación de los más altos y más fundamentales derechos
de los hijos de Dios, negación que tantos de los propios hombres
que enseñan el cristianismo defienden, y de la cual blasfemamente
afirmamos que es el designio y el propósito del Creador. Para mí
es mejor, es más alto el ateo que dice que no hay Dios que el cristiano
profeso que predicando la bondad y la paternidad de Dios nos dice con sus
palabras como algunos o indirectamente como otros, que millones y millones
de criaturas humanas — (en este momento un niño comienza a llorar);
no os llevéis fuera al pequeñuelo — que millones y millones
de seres humanos como ese pequeñuelo son traídos diariamente
al mundo por el fiat creador sin que se haya dispuesto en este mundo sitio
para ellos. ¡Ay!, nos dicen que por las leyes de Dios los pobres son
creados para que los ricos puedan tener la dulce satisfacción de
ejercitar la caridad hacia ellos; nos dicen que en un estado de cosas como
el existente en esta ciudad de Glasgow, como en otras grandes ciudades de
ambos lados del Atlántico, donde todos los días mueren pequeñuelos,
mueren a cientos de miles porque habiendo venido a este mundo — aquellos
hijos de Dios, por su fiat, por su decreto — se hallan con que no hay en
la tierra espacio suficiente para que ellos vivan; y son arrojados del mundo
de Dios porque no pueden obtener bastante sitio, no pueden obtener bastante
aire, no pueden obtener bastante alimento. Yo no creo en aquel Dios; si fuera
así, aunque tuviera que caer en su infierno, yo le odiaría
con todo mi corazón. ¡Que no hay bastante sitio aquí para
los pequeñuelos! Mirad a todo país del mundo civilizado ¿no
hay sitio bastante y de sobra? ¿no hay alimento bastante? Mirad al
trabajo sin empleo; mirad a la tierra ociosa; mirad todos los países
y ved cómo se despilfarran las oportunidades naturales. ¡Ay!,
ese cristianismo que arroja sobre el Creador el mal, la injusticia, los padecimientos,
la degradación, que son debidos a la injusticia del hombre, es peor,
mucho peor que el ateísmo. Esta es la blasfemia, y si hay un pecado
contra el Espíritu Santo, este es el pecado imperdonable.
Porque considerad: «El pan nuestro
de cada día, dánosle hoy». La semana pasada me alojé
en un hotel — un balneario—. Un centenar o más de huéspedes
se sentaron a la mesa. Antes de que ninguno empezara a comer, un hombre
se puso en pie y dando gracias a Dios, le manifestó su gratitud
por sus mercedes. En los barcos bien abastecidos se hace una acción
de gracias análoga en cada comida. ¿Qué significan
con esto los hombres? ¿Es una burla o qué?
Si Adán cuando fué arrojado
del Edén se hubiera postrado y comenzado a orar, podía
haber estado rezando hasta ahora sin haber encontrado nada que comer,
a menos que se hubiese puesto a trabajar para ello. Sin embargo, el alimento
es merced de Dios. Éste no pone en el mundo carne ya guisada, ni
vegetales preparados, ni fabrica platos, ni hace paños; lo que da
son las oportunidades de producir tales cosas, de obtenerlas por medio
del trabajo. Su mandato es —escrito está en las palabras divinas
y grabado en todo hecho de la Naturaleza — que por el trabajo tendremos
estas cosas. La Naturaleza da al trabajo y a nada más. Lo que Dios
da son los elementos indispensables para el trabajo. Los da, no a uno
ni a varios, ni a una generación, sino él todos. Son sus
dones, sus mercedes para el conjunto de la raza humana. Y, sin embargo,
¿qué vemos en todo el mundo civilizado? Que unos pocos hombres
se han apropiado estas mercedes reclamándolas como suyas exclusivamente,
mientras que la gran mayoría no tiene derechos legales para aplicar
su trabajo a los depósitos de la Naturaleza y extraer de ellos las
mercedes del Creador. Y así ocurre que en todo el mundo civilizado,
la clase llamada peculiarmente clase trabajadora es la clase pobre, y los
hombres que no trabajan, que se enorgullecen de no haber trabajado nunca
honradamente y de descender de padres y de abuelos que en su vida trabajaron
honradamente, lo más mínimo, disfrutan una superabundancia
de todas las cosas que el trabajo produce.
Mr. Abner Thomas, de Nueva York, un presbiteriano
rígidamente ortodoxo, hijo de aquel Dr. Thomas, famoso en América
si no aquí, pastor de una iglesia presbiteriana de Filadelfia
y autor de un comentario sobre la Biblia, que es todavía un libro
no superado, escribió hace poco una alegoría llamada «Un
sueño». Dormitando en su sillón, se imaginó
que era trasladado a la otra parte del río de la muerte. Y tomando
el camino recto y angosto, llegó finalmente a la vista de la Ciudad
Áruea. Un ángel de aspecto hermosamente caballeresco abrió
la puerta. Le preguntó su nombre y le dejó pasar; le advirtió
al mismo tiempo que sería bueno que escogiese sus compañías
en el cielo y no se asociara con ángeles de mala reputación.
—¿Pues qué — dijo el recien
llegado, con asombro — no es este el cielo?
— Sí — le dijo el guardián
—. Pero hay aquí ahora una turba de ángeles vagabundos.
— ¿Cómo puede ser eso? —
dijo Mr. Thomas en su sueño —. ¡Yo creía que había
abundancia para todos en el cielo!
— Solía haberla hace algún
tiempo — dijo el guardián —. Y si necesitabais tener vuestra arpa
pulida y vuestras alas peinadas, teníais que hacerlo vos mismo.
Pero las cosas han cambiado desde que adoptamos en el cielo las mismas reglas
sobre la propiedad privada de la tierra que tenéis en los países
civilizados; y hemos encontrado un gran progreso, por lo menos de las clases
selectas.
Después, el guardián dijo
al recién llegado que decidiera dónde había de hospedarse.
— Yo no necesito hospedarme en ninguna
parte — dijo Thomas —. Prefiero irme a aquellos hermosos collados verdes
y tenderme allí.
— No os aconsejo que lo hagáis
— dijo el guardián —. Al ángel que es dueño de aquel
collado no le gusta tolerar las transgresiones. Hace algún tiempo,
como os digo, que introdujimos el sistema de la propiedad privada sobre
el suelo... Aquí nos hemos repartido la tierra. Ahora todo es
propiedad privada.
— Espero que me habréis tenido
en cuenta en esa repartición.
— No — dijo el guardián —. No lo
fuísteis; pero si os ponéis a trabajar y sois económico
podéis ganar fácilmente, en un par de siglos, lo necesario
para comprar una pequeña parcela. Al llegar aquí obtenéis
libremente un par de alas y no tenéis dificultad para empeñarlas
durante unos pocos días de hospedaje, hasta que encontréis
trabajo. Pero os advierto que debéis daros prisa, porque nuestra
población va creciendo constantemente y hay un gran sobrante
de trabajo. Los ángeles vagabundos han llegado a ser Una molestia.
— ¿En qué trabajaré
yo? — dijo Thomas.
— Nuestras principales industrias — respondió
el guardián — son hacer arpas y coronas y criar flores. Pero hay
muchas oportunidades para ocuparnos en servicios personales.
— Yo amo las flores — dijo Thomas —y me
pondré a trabajar en criarlas. Allí hay un hermoso pedazo
de tierra que nadie parece usar. Me iré a trabajar allí.
— No podéis hacerlo — dijo el guardián
—. Aquella propiedad pertenece a uno de nuestros ángeles más
previsores, que se ha hecho rico por el aumento de valor de la tierra
y que conserva aquel pedazo para cuando suba. Necesitáis comprarlo
o arrendarlo antes de poder trabajar en ella, y no podéis hacerlo
todavía.
Y de este modo el cuento sigue, describiendo
cómo los caminos del cielo, las calles de la nueva Jerusalén
estaban repletas de desconsolados ángeles vagabundos que habían
empeñado sus alas y andaban errantes por el cielo.
Aplaudís y es cómico. Pero
hay en esto una moral que merece la pena de reflexionar. ¿Es cómico
que imaginemos la aplicación al cielo de Dios de las mismas reglas
de división que aplicamos a — la tierra de Dios, a pesar de que
rezamos que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo?
Realmente, si lo pensáis, es imposible
imaginarse tratado el cielo como tratamos nosotros esta tierra, sin
ver que no importa cuán salubre sea su aire, cuán brillante
la luz que lo llena, cuán magnífico el desarrollo de sus
plantas, habría mi seria y padecimiento y una división de
clases en el cielo mismo, si el cielo fuese dividido como nosotros dividimos
la tierra. Y viceversa; si los hombres en esta vida obrasen recíprocamente,
como nosotros tenemos que suponer que lo hacen los habitantes del cielo,
¿no seria esta tierra un verdadero paraíso? «jVénganos
el Tu Reino» Nadie puede pensar en el reino que pide quien reza
sin sentir que tiene que ser un reino de justicia e igualdad; mundo no
necesariamente de igualdad en la condición, sino de igualdad en
las oportunidades. Y nadie puede reflexionar sobre ello sin ver que tendría
que venir sobre la tierra un verdadero reino de Dios si los hombres buscaran
la realización de la justicia con sólo que los hombres reconocieran
el principio esencial del cristianismo: el obrar para con los otros como
quisiéramos que lo hiciesen para con nosotros, y reconocer que aquí
todos somos iguales hijos de un Padre, con igual título a participar
de sus mercedes, con igual título para vivir nuestras vidas y desenvolver
nuestras facultades y aplicar nuestro trabajo a las materias primas que
Él ha suministrado. ¡Ay! y cuando un hombre lo ve, entonces
nace aquella esperanza de la venida del reino que trajo el Evangelio él
las calles de Roma, que lo llevó a las tierras paganas, que lo hizo,
contra las más feroces persecuciones, la religión dominante
del mundo. El cristianismo primitivo no quería significar, al orar
por la venida del reino de Cristo, un reino en el cielo, sino un reino sobre
la tierra. Si Cristo hubiese predicado simplemente para el otro mundo, IGS
altos sacerdotes y los fariseos no le hubieran perseguido, los soldados
de Roma no hubieran clavado sus manos en la cruz. ¿Por qué
fué perseguido el cristianismo? ¿Por qué fueron sus
primeros creyentes arrojados a las bestias, quemados para alumbrar los jardines
del tirano, cazados, torturados, muertos por todos los crueles procedimientos
que un ingenio infernal podía sugerir? No porque fuese una nueva
religión que se refiriese únicamente él lo futuro.
Roma era tolerante para todas las religiones. Era orgullo de Roma que
todos los dioses estuviesen acogidos en su panteón. Era orgullo
de Roma el no intervenir en la religión de los pueblos conquistados
por ella. Lo perseguido por ella fué un gran movimiento de reforma
social, el evangelio de la justicia oído con agrado por pecadores
vulgares, llevado por trabajadores y por esclavos a la ciudad imperial.
La revelación cristiana era la doctrina de la igualdad humana, de
la paternidad de Dios, de la igualdad de los hombres. Minaba en su misma base
aquella monstruosa tiranía que tenía opreso al mundo civilizado;
rompía las cadenas de los cautivos, las argollas del esclavo; y aquella
monstruosa injusticia que permitía a una clase despilfarrar los productos
del trabajo, mientras aquellos que trabajaban apenas podían nutrirse.
Esta es la razón por la cual fué perseguido el cristianismo
primitivo. Y cuando aquélla no pudo contenerlo por más tiempo,
las clases privilegiadas adoptaron y pervirtieron la nueva fe y vino a ser
al fin, no el cristianismo puro de los primeros días, sino un cristianismo
que, en muy grande extensión, era el servidor de las clases privilegiadas.
Y en vez de predicar la esencial paternidad de Dios, la esencial hermandad
de los hombres, sus altos sacerdotes infundieron en todas las puras verdades
del Evangelio la blasfema doctrina de que el Todopoderoso distinguía
entre personas y de que, por su voluntad, y por su mandato existe esta monstruosa
injusticia que condena a grandes masas humanas a una extenuadora tarea
sin recompensa.
No es que ha fracasado el cristianismo;
el fracaso ha estado en esa especie de cristianismo que se ha predicado.
Nada es más claro que si somos
todos hijos del Padre universal, todos tenemos derecho al uso de sus
mercedes. Nadie osa negar esta proposición. Pero los hombres que
vuelven sus rostros contra las conclusiones de aquélla, dicen virtualmente:
«¡Oh!, sí; eso es verdad; pero es imposible llevarla
a efecto». Mas pensad en lo que esto significa. Este es el mundo
de Dios y, sin embargo, tales hombres dicen que este es un mundo en el
que la justicia de Dios, la voluntad de Dios no puede llevarse a la práctica.
¡Qué monstruoso absurdo! ¡Qué monstruosa blasfemia!
Si el Dios amoroso debe reinar, si sus leyes son no sólo las leyes
del universo físico, sino del universo moral, tiene que haber un
medio de llevar a efecto su voluntad, tiene que haber un camino para hacer
justicia igual a todas sus criaturas.
Y así es. Los hombres que niegan
que hay medio práctico de llevar a efecto la percepción
de que todos los seres humanos son igualmente hijos del Creador, cierran
sus ojos al camino llano y patente. Es desde luego imposible en una civilización
como la nuestra dividir la tierra en pedazos iguales; tal sistema pudo
adoptarse en un primitivo estado social, entre un pueblo como aquel para
quien se forjó el Código mosaico. Hemos progresado en civilización
hasta más allá de tan toscos regímenes, pero no
hemos progresado ni podemos progresar hasta más alla de la providencia
de Dios. Hay un medio para asegurar los derechos iguales de todos, no
dividiendo la tierra en pedazos iguales. sino tomando para uso de todos
aquel valor que se adhiere a la tierra, no como el resultado del trabajo
individual sobre ella, sino como resultado del aumento de población
y del progreso de la sociedad. Por ese medio todos estarían igualmente
interesados en la tierra de su país nativo. Si uno utilizaba un
pedazo de más valor que su vecino, pagaría un impuesto
más pesado. Si no usaba tierra directamente, aun así sería
un igual partícipe en la renta. He aquí el camino sencillo.
¡Ay! y es un medio que a mi juicio infunde al hombre que realmente
ve su bondad, una idea de la benéfica providencia del Padre común,
más vigorosa que ninguna otra. No se puede ver, creo yo, al través
de la Naturaleza. Ya mire a las estrellas con un telescopio, o le revele
el microscopio aquellos mundos que encontramos en la gota de agua, ya
considere las facultades humanas, las combinaciones del mundo animal o
de cualquier orden de la naturaleza física, tiene que ver que ha
habido un inventor y un arreglador, que ha habido un plan. Tan vigoroso
es este sentimiento, tan natural es a nuestra mente, que aun los hombres
que niegan la inteligencia creadora, se ven obligados, a pesar de sí
propios, a hablar de plan. Las garras de un animal fueron dispuestas para
trepar con ellas, las aletas de otro para caminar al través del
agua. Sin embargo, aunque mirando al través de las leyes de la Naturaleza
física encontramos la inteligencia, no encontramos tan claramente
la bondad. Pero en el gran hecho social de que a medida que la población
crece y se realizan las mejoras y los hombres progresan en civilización,
la única cosa que sube en todas partes es el valor de la tierra,
podemos ver una prueba de la bondad del Creador.
Porque, considerad lo que significa. ¡Significa
que las leyes sociales son adecuadas para el hombre progresivo! En un
primitivo estado social en que no son necesarios gastos colectivos, no
se adscribe valor él la tierra. El único valor adherido
lo es a las cosas producidas por el trabajo. Pero a medida que la civilización
marcha, a medida que se efectúa la división del trabajo,
a medida que los hombres se concentran, las necesidades comunes crecen y
la necesidad de rentas públicas nace. Y de igual modo, en este valor
que se adhiere a la tierra, no por razón de lo que el individuo
haga, sino por virtud del desarrollo de la sociedad, hay una previsión
dispuesta — podemos decir confiadamente que dispuesta — para satisfacer
las necesidades sociales. Exactamente, a medida que la sociedad crece,
crecen las necesidades comunes y crece este valor adherido a la tierra
— en el caudal predispuesto para que aquéllas puedan ser satisfechas
—. Aquí hay un valor que puede ser tomado sin infringir el derecho
de propiedad, sin tomar nada del productor, sin disminuir la natural recompensa
de la actividad y de la laboriosidad. Además, aquí hay un
valor que tiene que ser tomado si queremos impedir el más monstruoso
de todos los monopolios. ¿Qué significa todo esto? Significa
que en el plan creador, el natural avance de la civilización es
un avance a una cada vez mayor igualdad, en vez de serlo a una cada vez
más monstruosa desigualdad.
«¡Vénganos el Tu Reino!»
Acaso nosotros nunca lo veremos. Mas para el hombre que comprueba que
puede venir, para el hombre que comprueba que le es dado trabajar por
la venida del reino de Dios sobre la tierra hay, aunque nunca vea ese
reino aquí, una sobrada recompensa: la recompensa de sentir que
él, por pequeño e ignorante que sea, está haciendo
algo por ayudar a la venida de ese reino; haciendo algo en pro de aquel
poder divino que se manifiesta en todo el Universo, haciendo algo por arrancar
este mundo él las garras del demonio y hacer de él el reino
de la justicia. ¡Ah! Y, aunque no viniere, todavía, aquellos
que luchan por él sienten en lo íntimo de sus corazones que
tiene que estar en alguna parte — saben que en alguna parte, en algún
tiempo, aquellos que luchan cuanto pueden por la venida del reino, serán
bienvenidos —. Entonces, aun entonces, en algún tiempo, en alguna
parte, el rey les dirá: «Bienvenido, siervo bueno y leal. Enira
a gozar de tu Señor.»
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